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Los invisibles en las calles

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Los invisibles en las calles

Por Hugo Seleme – Investigador del CONICET UNC

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Las noches que “cartonea”, Sergio duerme en la calle. No le conviene volver a donde vive, está lejos. Lo que más le molesta, me cuenta, no es buscar papel y cartones en los contenedores de residuos. Tampoco ya lo inquieta que al verlo durante la noche husmeando en la basura la gente lo evite y se cruce de vereda. Los entiende. Lo que realmente lo enoja son dos cosas: que cuando finalmente ha conciliado el sueño en alguna vereda, alguien pase gritando sin advertir su presencia y lo despierte. O que alguien, al no verlo tirado, se tropiece con él.

Cuando me lo cuenta, creo entenderlo. Imagino que luego de haber hundido la cabeza en la basura durante varias horas, lo que uno quiere es al menos poder dormir. Sin embargo, algo que dice me hace pensar que tal vez no he entendido todo. “No sé porque no ven por donde caminan”, se descarga con un tono que hasta allí no ha utilizado nunca. Está indignado. A Sergio no lo indigna que las changas que le salen esporádicamente no lo liberen de su destino de “cartonero”. Tampoco lo indigna estar lejos de su casa o dormir en el suelo. Lo indigna que no lo vean. A Sergio lo indigna ser invisible.
La injusticia invisibiliza a sus víctimas. Cuando la injusticia es dictatorial las entierra de modo clandestino sin nombre ni lápida, las arroja desde aviones semidormidas al mar, o las reporta como desaparecidas. Cuando la injusticia posee un rostro menos siniestro y no se arropa en el terror, invisibiliza igual. Entierra a quienes primero ha empobrecido, bajo la basura que se acumula en los suburbios y la periferia. Para que sus cuerpos

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no aparezcan sobre la superficie del centro de las ciudades, y permanezcan anclados donde se los ha escondido, transforma las calles de sus barrios en fronteras y muros que los contienen. Adormecidos por la indolencia los sumerge en un océano de desesperanza donde el único horizonte visible es la droga o la delincuencia. Convierte la pobreza y la marginación en paisaje y a sus víctimas las desaparece detrás de cifras que a fuerza de ceros repetidos, comienzan a vaciarse de sentido: 1.500.000 nuevos pobres, 100.000 puestos de trabajo perdidos, 10,5% de desempleo.

Mañana, cuando el sol esté cayendo y la ciudad se apreste a iluminar con tonos multicolores sus edificios públicos, los invisibles aparecerán como espectros para recordarle su presente gris, su costado oscuro. Las murallas invisibles construidas por las políticas de seguridad cederán, y los cuerpos sumergidos en la pobreza de los suburbios subirán a la superficie. Sergio estará con ellos, y yo con él.

No marcharé porque me gustan las manifestaciones, porque vaya a encontrar amigos, o porque la tarde estará soleada. Marcharé para cumplir con un deber: hacerle saber al gobierno que aunque habla en mi nombre, no lo hace con mi voz. Mañana los invisibles y silenciados hablarán con sus pies, caminando por la ciudad que los margina. Uniré los míos para asegurarme de que el mensaje que tienen para decir sus pasos, martillando sobre el pavimento, sea audible.

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