El repollo del 19 y 20 de diciembre de 2001

El repollo del 19 y 20 de diciembre de 2001

Por Gonzalo Assusa – Sociólogo

El trabajo ha muerto. Así, en plena década del ´80, con reestructuración productiva y nivel de desempleo estructural entre lo más alto que hubiese conocido el capitalismo en los países centrales, los ideólogos de las más diversas corrientes cavaron una tumba y, como Nietzsche un siglo antes, decretaron que el trabajo había muerto.

Tras una década de deshilachar sistemáticamente el tejido colectivo en Argentina, el 2001 llegó combinando emergencias y actores de los más diversos. Entre éstos, algunos fueron seleccionados para ser recordados como símbolos de un nacimiento, de una nueva era: asambleas populares, ferias y grupos de trueque, fábricas recuperadas, organizaciones de trabajadores desocupados. A los sepultureros ideológicos no les alcanzaban los brazos para terminar de enterrar al Trabajo cuando, entre gases lacrimógenos, helicópteros y policía montada, debieron ponerse a cavar una nueva tumba para el Estado y la Política tal y como los conocíamos: “que se vayan todos”.

Seguramente es más atractivo escribir sobre la potencia negadora y sobre la rebeldía del “que no quede ni uno solo” del 19 y 20 de diciembre de 2001. Otros lo han hecho, mucho y mejor. Pero pasar de esa negación a alguna forma de producción nos llevó demasiado tiempo y esfuerzo y, aun en el ejercicio de la memoria, quizás no sea hoy el momento para volver a renegar de la política.

Cavar tumbas y desenterrar muertos tiene la fuerza simbólica de marcar cortes, de dibujar fuerte con el fibrón en la línea de tiempo, y no por nada el 19 y 20 de diciembre se ha convertido en una legítima efeméride de la resistencia popular, con sus próceres, sus mártires y sus escribas. Quince años después puede que hayamos llegado al momento de hacer el ejercicio inverso y buscar, en aquel 19 y 20, menos rupturas que continuidades.

Los piqueteros y el sujeto. No sólo fueron actores protagónicos en el 19 y 20 de diciembre de 2001, sino que llamaron la atención de la intelectualidad mundial en aquel momento (y antes también), y fueron incluidos en las listas de los “nuevos” movimientos populares, junto con el zapatismo. Algunos intelectuales comprometidos locales corrieron también a tomar una pala y a sancionar, con su emergencia, la muerte del peronismo como identidad política del pueblo. Otros aprovecharon la revitalización sindical post-2004 y avistaron una pronta desaparición de estos “nuevos” movimientos para el retorno de los “viejos” (partidos y sindicatos). Lo cierto es que el piquetero es un mundo en extremo diverso, donde confluyeron militantes de base, sindicales y políticos de izquierda y peronistas. Ni sus integrantes ni sus repertorios nacieron de un repollo. Tuvieron mucho de las protestas y las organizaciones por la tierra de finales de los ochenta, de las formas de lucha y organización sindical de los sesenta, la experiencia y la expertise de militantes políticos populares de los noventa. Nunca se fueron. Durante los últimos veinte años vienen estando ahí, participando de la gestión política de lo social, entre palos y planillas, desde cortes de puentes con cuarenta personas hasta la presencia masiva en las marchas del 24 de marzo. Y hoy siguen ahí,

sus representantes erguidos en escenarios con la dirigencia gremial en actos organizados de manera conjunta, como nadie podía prever hasta hace poco tiempo. No hay juego de suma cero en la organización popular. La quema de neumáticos no terminó en Cutral-Có ni se quedó en los noventa. Quien camina las ciudades petroleras australes está habituado a que las llamas en la ruta se enciendan cada tanto, con una regularidad que no parece menguar a futuro.

Que se vayan, que vuelvan. Probablemente el “que se vayan todos” haya sido una manera eficaz de hacer política en plena crisis de legitimidad del sistema de representación y gobierno de Argentina. El contexto actual es otro y las instituciones democráticas, con toda su complejidad, parecen estar en pleno vigor (incluso para cuestionar y visibilizar prácticas de gobierno contra el Estado de Derecho). Y los herederos de aquel 2001 aprendieron (mucho más que los periodistas y los cibermilitantes), en todo este tiempo, a formar parte de esos contextos, a gestionar, a gobernar-con, y a sobrevivir. Como todos.

El lugar del trabajo. Ni fue su fin en las décadas del ´80 y ´90, ni renació en 2004 con la restitución de las negociaciones colectivas. No siempre, pero algunas veces se lee al “argentinazo” como una forma de ebullición popular en donde el trabajo y sus organizaciones no tuvieron aquel lugar que ocuparon durante buena parte del siglo XX. Pero el 19 y 20 no llegaron solos, y no se trata solamente de la presencia del peronismo bonaerense en la supuesta organización subterránea de los saqueos aquel diciembre. Años de disputas, marchas y negociaciones que dieron un nombre, a la vez, novedoso y reivindicativo: organizaciones de trabajadores desocupados. Ni minorías, ni pobres, ni desamparados: TRABAJADORES desocupados.  El calificativo es lo coyuntural.  Pero Trabajadores continuó siendo, a la vez, el ancla, el sujeto y el horizonte.

Cuando el desempleo bajó, subieron las negociaciones colectivas. Cuando las condiciones mejoraron, las disputas se centraron en la validez de la presión impositiva sobre el salario. Y ahora, en plena crisis, las discusiones pasan (más o menos explícitamente) por los despidos, el costo laboral y el poder adquisitivo de los asalariados. Mal que le pese a los sepultureros, con tasas de desocupación de 25% o de 6%, con organizaciones de trabajadores desocupados o con sindicatos, con una, dos o seis centrales obreras, el trabajo nunca dejó de estar en el centro del conflicto social.

El 19 y 20 de diciembre de 2001 no fue del todo un comienzo ni un final. Sus actores existían antes y se reinventaron después. Lo que cambió fue la relación de fuerzas. En 2015 esa misma relación de fuerzas cambió otra vez y de la peor forma posible. Volver sobre los actores, las invenciones, las historias y las tradiciones de aquella fecha (parece que, desde 1983, diciembre es el mes en el que cambia la historia) debería servirnos para pensarnos aquí, y para imaginar cómo transformar las relaciones… una vez más.


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