Sin lugar para los débiles

Sin lugar para los débiles

Vivimos un tiempo de condicionales: “si roba no es niño”, “si reclama no es trabajador”, “si baila no tiene tanta hambre”, “si viaja sola no es mujer”, “si milita no es estudiante”, “si todavía camina no tiene discapacidad”. El video publicado por el sitio MuchoPalo muestra a un grupo de adultos linchando, humillando, golpeando y abusando de un niño en pleno centro de la ciudad. La imagen nubla la visión de pena, pero si no hiciéramos el esfuerzo de poner análisis, en este tiempo condicional, probablemente se nos haga callo y ni siquiera nos quede en la memoria.

Un primer elemento, difícil de percibir dada la intensidad de la imagen, es que en el fuera de foco hay alguien detrás de la cámara. Siempre queda una duda, un resquicio, un temor: ¿Qué sucede en el momento en que, viendo esa situación, alguien decide filmar?, ¿El registro es para documentar el ilícito cometido contra el menor?, ¿Es para sumar pruebas?, ¿Es para colaborar en el escarmiento colectivo?, ¿Qué otra cosa se podría hacer si no se estuviera filmando?, ¿Cuánto pesa la tendencia vouyerista de registrar y reproducir al infinito el encarnizamiento de la multitud “adulta” y el sufrimiento del niño que no es niño?. La verdad nos hará libres, pero la reproducción infinita de la realidad puede llegar a hacernos otra cosa muy distinta.

Un segundo elemento, más evidente y en boca de todos, es lo sintomático del evento como parte de una ola de robos e inseguridad en el centro y los barrios de la ciudad. No faltan nunca las bienintencionadas explicaciones que capitalizan un supuesto (percibido) aumento del delito como resultado del aumento de la pobreza desde la asunción de la nueva gestión del gobierno nacional. El progresismo punitivo desinformado hace, la mayoría de las veces, un flaco favor a quienes pretende defender. Sumado a que las cifras del delito son siempre muy complejas (¿se miden sólo los delitos denunciados?, ¿o se mide la tasa de victimización?, ¿o la sensación de inseguridad?), nunca resultó tan sencillo correlacionarlas estadísticamente con el aumento/disminución de la pobreza y tampoco con el aumento/disminución de la desigualdad. Por otra parte, Correogate y Lavajato de por medio ¿Cómo es que seguimos pensando al “pobre” como sujeto privilegiado del delito? A veces la explicación más cómoda para nuestra conciencia de clase media no es necesariamente la más precisa.

Sin embargo hay una intuición que puede resultar en una hipótesis interesante a revisar a partir de lo sucedido. Si la pobreza y la desigualdad económica no explican automáticamente el delito (habría que pensar de qué tipo de delito hablamos: contra las personas o la propiedad, con uso o no de armas, etc.), quizás un proceso de fragmentación social desigual que sí se disparó desde finales de 2015 esté resultando en un mecanismo cada vez más recurrente de resolver todos y cada uno de nuestros conflictos, entre conocidos, en la familia, en la cancha, en la calle, en la escuela.

Un tercer y último elemento, también presente en el video viralizado, es el de la “otra” inseguridad. La que acecha en todos los ámbitos de la vida, contra todos nuestros derechos y todos nuestros sujetos –cada vez más condicionados y condicionales-: niños, jóvenes, mujeres, trabajadores, discapacitados, ciudadanos, todos inseguros. Sobre esta cuestión no es necesaria demasiada interpretación profunda, basta con abrir el diario y leer de la “mafia de los juicios laborales” para hablar del derecho del trabajo; leer “costo laboral” para hablar del sustento de las grandes mayorías del país; leer “grasa sobrante” para hablar de los agentes del Estado (ese que, se supone, debe sostener la paz pública); leer “bestias salvajes” para hablar de niños en situación de privación de derechos; escuchar “hay que aprender a disfrutar de la incertidumbre” para hablar de las reformas educativa y laboral hacia la precarización y la flexibilización. Y un día, más pronto que tarde, los costos laborales cortan la calle, las bestias salvajes nos chocan en el barrio, y tanta incertidumbre, tanto desconocimiento, tanta deshumanización… y por fin, la violencia se erige cada vez más en el modo normal de gobernar. Sólo queda lugar para apenarse -ya ni siquiera para sorprenderse- cuando volvemos a poner play a ver si la próxima vez que se reproduzca el video, el desenlace sea otro, y eso que no podemos creer, efectivamente no sea así.

 

Autor: Gonzalo Assusa

Licenciado en Sociología.
Doctor en Ciencias Antropológicas.
Docente e Investigador de nivel medio y terciario en la Universidad Nacional de Córdoba.
Investigación en CONICET. 

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