Carta abierta de un desaparecido en la última dictadura cívico-militar

Carta abierta de un desaparecido en la última dictadura cívico-militar

Guillermo Perez Roisinblit: 6 de Octubre de 2017.

Un día como hoy, pero de 1978, yo aún no había nacido. Cursaba mi octavo mes de gestación. Tenía a mis papás y una hermanita de 15 meses, cuando un grupo de tareas nos secuestró, de nuestra casa, a mi mamá, a mí dentro de ella y a mi hermanita y nos llevó al local que tenía mi papá. Ahí levantaron a mi papá y a su socio. Por alguna razón accedieron a dejar a mi hermana en casa de unos familiares paternos y desaparecimos. Nuestra familia no supo nada de nosotros por 21 años y 5 meses. Pero nuestra historia no terminaba ahí… nos llevaron a una casona de Morón, epicentro de la represión en la zona oeste y bajo el mando de la Fuerza Aérea.

Durante poco más de un mes, en ese lugar torturaron salvajemente a mi papá, mientras mi mamá oía todo desde el entrepiso de esa habitación. Mi papá sufrió todos los tormentos imaginables, pero no les daba el gusto ni siquiera de quejarse ante el dolor de las torturas, ¿era un tipo rudo?, tal vez. Supongo que no se quejaba para que mi mamá, embarazada de mí, no sufriera por lo que le hacían. Mientras, yo llegaba a término y ya habían planificado mi parto: sería en la ESMA. Supongo que también habían pensado mi destino.

Cuentan las sobrevivientes de la ESMA que nací un 15 de noviembre. Vine al mundo ya secuestrado y nací en cautiverio, como un animal de zoológico. Mi mamá me parió atada, sobre una mesa en el sótano y asistida por un genocida: Jorge Magnacco, obstetra de la Marina. Este personaje, delincuente uniformado, atendió muchos partos antes y después del mío. Felicitó a mi mamá por lo “bien” que se había portado, supe que mi mamá le contestó: “Mejor me porté en mi anterior parto, en libertad”.

Se supone que pasamos tan solo tres días juntos en la ESMA. Mi mamá fantasea a con volver a Morón con mi papá pero después nos “trasladaron” y se perdió todo rastro de nosotros. Aún hoy no se si mi papá llegó a conocerme y tenerme en sus brazos. Tampoco puedo precisar si salimos juntos de ese infierno hacia el otro o si el destino de mamá fue un vuelo de la muerte.

Uno de los que mantuvieron a mis padres secuestrados, personal de inteligencia de la Fuerza Aérea, junto a su pareja no podían concebir, entonces los militares vieron con buenos ojos que fueran ellos quienes se quedaran conmigo. Devolverme a mi familia, junto a mi hermana no era opción. Ya no era Rodolfo, como quería nombrarme mi papá en honor a un amigo y compañero caído. Guillermo era mejor. Me pusieron de segundo nombre Francisco, como mi apropiador y su apellido. Tampoco el 15/11 gustaba, 24 de noviembre era mejor.

El parto debía ser anotado como domiciliario, para no levantar sospechas. Y así crecí, como hijo único y educado bajo los preceptos de la fe católica. Mi verdadera mamá era judía. Durante 21 años me ocultaron la verdad. Durante todo ese tiempo me buscaron mis abuelas, al principio, y luego mi hermana mayor. Me encontraron las , por una denuncia anónima telefónica de una mujer que aportó un montón de datos muy precisos.

Mis apropiadores fueron juzgados, pero era el 2004. Sólo les dieron 10 años a él y tres y medio a ella. Aún existían las leyes de OD y PF. Recién el año pasado pudimos llevar a juicio a tres de los que participaron de nuestro secuestro. Hoy se cumple 1 año de la sentencia. Los condenados tuvieron un juicio con garantías y derecho a la defensa. ¿Mostraron arrepentimiento?, ¿aportaron algún dato?. No, nada.

Se hizo justicia, pero paradojicamente no fue justo. Aún no sabemos nada de mis padres, continúan desaparecidos desde hace 39 años. Pude reconstruir mi vida, conocer mi origen y formar una familia, pero todos los 6/10 siguen siendo iguales. Un día como hoy, definieron nuestro destino. Y continúa doliendo porque aún me faltan mis viejos y saber donde están sus restos.

Lo cuento porque necesito contarlo, pero también porque no podemos dejar que esto vuelva a pasar. No puede haber más desaparecidos, no más. Lo cuento porque quiero recordarlos y no puedo, porque no guardo en mi mente ni un solo recuerdo de mis viejos. Ni fotos de ellos juntos hay, un compañero de papá (Lito), sabiendo eso, los dibujó.
Patricia y José tenían solo 25 años en 1978. Hoy duele todo, hasta gritar “presentes”. En tiempos en que se habla de concordia, de dar vuelta la página, donde se relativiza el accionar de genocidas desde el seno del gobierno en que tenemos que salir a la calle a marchar a la plaza a exigirle a la CSJN que no permita que asesinos queden en libertad gracias al 2×1. Tiempos en que funcionarios niegan el plan sistemático de robo de bebés, en que la violencia institucional se acrecienta y se callan voces. Tiempos en que tenemos otro desaparecido y se intenta tapar (otra vez) desde los medios lo ocurrido, en que se demoniza a las víctimas y se investiga a los familiares que claman por su aparición. Tiempos en que se duda hasta de la existencia del desaparecido y exigen pruebas.
Yo solo quiero recordarles que le pasó a mi familia hace 39 años, luego de un prólogo tan similar. Necesitaba contar y que sepan que existieron, para que el tiempo y el olvido no terminen siendo cómplices de su desaparición.
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