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El último caudillo peronista

#Politica

El último caudillo peronista

Las muertes sorpresivas conmocionan. Generan un vacío de cosas truncas.  El fallecimiento de De La Sota fue de manera abrupta y violenta. Ocurrió en la Ruta Nacional 36, una obra de una significación trascendental en su vida política y personal. Su padre había fallecido en la ruta 5 cerca de Alta Gracia y el destino caprichoso repitió una tragedia. Era uno de los actores políticos más gravitacionales y tenía el sueño eterno de la presidencia argentina. Se fue el último caudillo peronista. Habrá tiempo para el análisis de sus tres gestiones como gobernador y serán los libros de historia los que se encargaran de resaltar u opacar su trayectoria.

Muchas muertes impactan pero no borran las acciones; son momentos que marcan la vida de todos. Hoy se despide a una persona y la política quedará para más adelante. Muchos cordobeses sentirán la orfandad de un líder paternal, la ausencia costará digerir, aceptar para luego despedir.  Córdoba está en estado de shock porque la muerte intempestiva nos iguala a todos. Se retiró físicamente uno de los mas importante dirigentes de córdoba. Un pragmático que enseñó a las nuevas generaciones de militantes que siempre lo vieron ganador en cualquier arena política a nunca bajar los brazos. Era el indiscutible cacique del cordobesismo cómo solía llamar al peronismo local. Tan admirado e imitado cómo duramente criticado. Recordado en muchos pueblos olvidados del interior cordobés como así también en las altas esferas del poder judicial. Compañero y mentor del gobernador Juan Schiarettti y que funcionaban en tándem de manera sincronizada.

Fue saltando el “charco” que le arrebató la hegemonía a la “isla” del radicalismo en la década de los 90 y el constructor que unificó en la figura de Unión por Córdoba con amplios sectores no peronistas. Fue a partir de la infinidad de derrotas y adversidades que lo fortalecieron. Quedará la anécdota de cuando lo insultaron los vecinos en la puerta de su casa después de la derrota electoral de 1983, y salió a dar la cara con sus hijas de la mano.

Quedarán en la retina la foto y los fotogramas del velatorio a cajón cerrado. Las imágenes de Schiaretti llorando como un niño despidiendo a su amigo mientras sus hijas, nietos y cientos de militantes mantenían una mirada extraviada sin poder comprender lo ocurrido.  Quedará en la memoria el último traspaso de la banda gobernante y quedarán resonando los pasos de las miles de señoras con las remeras del PJ sollozando frente al féretro.

Quedará el aire congelado cuando su madre, Adelia María Moriconi, de 98 años fue a despedir a su hijo y la frase que el ex mandatario dejó sellado en su libro: “Quiero y Puedo” con motivo de la muerte de su hija Agustina que murió ahogada en una pileta hace 30 años: “Los padres no deben despedir a los hijos”.

Quedará para más adelante el impacto impredecible para la política local y nacional. Hoy es imposible imaginar la política sin su presencia. Quedarán para otro análisis el apuro de vivir, de correr de un lugar a otro sin parar, jugando siempre en “break point”. Quedará el fracaso epidémico en las rutas argentinas.

Hoy se despidió uno de esos políticos de talla y fuste. Hemos tenido poca, pero tensa relación. Respetaba su vehemencia y frontalidad. Me preparaba para entrevistar al último caudillo peronista, pero quedará para otra vida. Hoy sólo es silencio y quietud.

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